martes, 24 de mayo de 2016

Clausura del Blog de Pentapolín del Arremangado Brazo

Hoy hace 3 años, exactamente, que fallecía mi abuelito, en su casa de Viveiro.

Él se hizo querer de todos aquéllos que le rodeamos. Sé que era una persona estimada entre sus vecinos. Pero sobre todo sé que, en su casa, toda su familia, le quisimos mucho.

Confió en mí, que soy su nieto mayor, para que siguiese publicando. Me pidió ayuda. Se la ofrecí cuando pude.

Viveiro ya, por desgracia, me queda lejos. Lejos en el tiempo y en el espacio. Voy poco. No podría hacer su trabajo con su lucidez. Y sobre todo con la lucidez que caracteriza a una persona razonable y racional, culta e instruída. Quizá sin una gran carrera académica, pero dotada de una agudeza y una inteligencia impropia en los tiempos que corren. Mi admiración por él está en pleno vigor.

Habrá quien suponga que esto es el mero obituario de una persona que realmente amaba a otra. En cierto modo es así. Es el obituario público de mi abuelo. De mi queridísimo abuelito. De aquél hombre simpático para todos, orondo en kilos y en bondad, que nos llevaba a pasear por el paseo marítimo de hace muchos años. Que nos soltaba a nuestras anchas por el parque. Que nos llevaba a la playa de la Abrela con tortillas, embutidos, refrescos y pasteles —y vino para algún adolescente que daba sus primeros besos a las botellas... y a las chicas—. El abuelo que madrugaba el 16 de Agosto para hacerse con docenas de churros, mientras que su mujer llenaba ollas de chocolate. Aquel abuelo que nos tapaba los oídos con las manos, y espantaba el miedo, a los que nos asustaba el ruido de los Fuegos de San Roque. Aquél que nos llevaba a Naseiro en su viejo coche, y que disfrutaba viendo a familia y amigos en torno a una mesa abierta, franca, amigable y humildemente llena. El pequeño homenaje que puedo rendirle a un abuelito humano. Muy humano. Y al que yo querría parecerme, y quizá nunca le llegue a la altura de la suela.

Hasta que cumplí cierta edad, yo nunca supe del criterio político y de la iniciativa política de mi abuelo. Lo que en nuestros días son los "analistas políticos" para él era un insulto. Me solía decir, últimamente, que el hombre, a causa de su libertad, o actúa en política, o no es hombre. También llegó a decirme que hacía muy poco que aprendió, de boca de un "rapaz" que en Viveiro nunca podría haber política. Que se pensó esto último. Y que se convenció por razones distintas a las de este joven. Pero que era cierto.

Él, en su día, me llamó para que le ayudase con el Blog. Hice lo que pude. Quizá defraudé su intención. Pero, en definitiva, no podría hacerlo con objetividad.

Me entregó, en ese momento, dos cosas: las claves del blog y de su cuenta de Facebook (donde hoy aparecerá este mismo artículo). También una facultad: que yo hiciese lo que quisiera con el Blog, con su identidad y con su cuenta de Facebook.

Creo que estoy, por tanto, en una deuda con él, y en la obligación con todo el mundo, y por tanto he de decir varias cosas:


1.— Que no se publicará nada más en el Blog "Consulado Garamanta en Viveiro", pasados tres meses desde este último post. Se seguirán publicando comentarios de los usuarios durante este tiempo.

2.— Que se clausurará la cuenta de Facebook pasados tres meses desde esta última publicación.


3.— Que las cuentas de mail serán clausuradas al igual que el Facebook, en el mismo plazo.

4.— Que después de este tiempo, yo no quiero revelar la identidad de quien escribió, moderó y usó esta plataforma para denunciar los desmanes y defender los derechos. Tal y como él dejó a expensas de mi criterio personal.

5.— Que por mi parte, como encargado de este tema, el Blog seguirá existiendo, para consulta de cualquier persona y en cualquier tiempo.
Cumplo este mandato, de clausurar el blog y los mails, según escrito de propia mano del mismo, que me entregó el 15 de Mayo del 2013, y firmado por el mismo el 24 de Marzo del 2013.

6.— También se acaba de publicar el último comentario que él dejó empezado.

 Nunca he tenido la autoridad de mi abuelo. Hoy le tengo que rendir un gran homenaje público, y hacerme consciente de la gran deuda que no sólo yo, si no que mucha gente, tenemos con él.

Vaya para él mi admiración —¡cómo y con qué ansia se apuntó a un curso de informática habiendo rebasado los 70!—, mi reconocimiento, mi afecto...

Pero vaya también para él mi más fortísimo abrazo. Ese abrazo que nunca le pude dar como último, y que creo que hoy necesito más yo que él.

Descansa, Pentapolín, para siempre.